Matrimonio Igualitario: a 10 años de la aprobación de la ley que le cambió la vida a más de 20.000 parejas

Según la Federación LGTB, 20.244 parejas del mismo sexo se casaron en estos diez años en el país

 

Antes y después. Hay decisiones, hechos provocados por el azar e incluso frases pronunciadas de una forma y en un determinado momento que la memoria colectiva transforma en hitos históricos por su poder de transformación. Cada tanto pasa con algunas leyes. El artículo 2 de la Ley 26.618 de Matrimonio Civil, más conocida como la Ley de Matrimonio Igualitario, es una de esas bisagras en la historia argentina.

“Una ley con efecto social educativo”, así la define César Cigliutti, presidente de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina) y pionero de la defensa de la diversidad y la igualdad de derechos. “Si cuando yo empecé a militar, alguien me hubiera dicho que iba a ver parejas de hombres o de mujeres casadas e incluso con hijos, habría pensado que esa persona que me lo decía, estaba loca”.

A diez años de su sanción, más de veinte mil parejas del mismo sexo se casaron en distintos lugares del país y libreta en mano, celebraron y legalizaron su convivencia porque desde el 15 de julio de 2010, el matrimonio tiene “los mismos requisitos y efectos, con independencia de que los contrayentes sean del mismo o de diferente sexo”.

“En un aniversario tan emotivo como este, es importante recordar que ni al matrimonio igualitario como así tampoco a la Ley de Identidad de Género se llegó de un día para el otro. Fueron años de lucha, de ser perseguidos por la policía y de sufrir discriminaciones, y fue la resistencia de las organizaciones y la militancia en las calles la que logró que el debate entrara al Congreso”. Cigliutti refiere dos antecedentes “que fueron fundamentales”.

“Pienso en Carlos Jauregui (primer presidente de la CHA) posando con su pareja para una foto en la tapa de la revista Siete Días en 1984. Primera vez en el país que una pareja homosexual aparecía en una portada. Y luego también la figura de “unión civil” que en 2002 promulgó la Ciudad de Buenos Aires”. Esta norma garantizaba algunos de los derechos de un matrimonio, como la incorporación a la obra social o las visitas hospitalarias, pero no incluía el derecho a la adopción o la herencia.

“Matrimonio igualitario es una ley que claramente trasciende el paquete de derechos que otorga”, afirma Esteban Paulón, director del instituto de Políticas Públicas de la Federación Argentina LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans) y explica que más allá de los derechos a la pensión, la herencia y a la posibilitad de paternidad o maternidad conjunta que hasta ese momento estaban negados, fue una norma que generó visibilidad y que favoreció la inclusión: «A los chicos que hoy tienen menos de 15 años, yo los llamo “nativos igualitarios” porque lo que para nosotros era un sueño, para ellos es parte de la vida cotidiana”.

“Que esta ley iba a provocar la disolución de la familia, que iba a ser la destrucción de la patria. Hace diez años esos eran algunos de los argumentos en contra que se escuchaban. Incluso un periodista llegó a preguntarse en televisión si iba a poder casarse con un perro. ¡Con un perro! Todos esos momentos horribles que tuvimos que atravesar en el debate, hoy creo que fueron necesarios porque construyeron sentido y posibilitaron una sociedad un poco más abierta”, precisa Paulón.

“La política pública, es decir la política de gobierno debía y había postergado durante muchísimos años el reconocimiento de las personas LGBT y esta ley dio puntapié de inicio a una serie de marcos normativos que vinieron después. En clave de aporte social, fue un debate comprometido a nivel federal que exhibió la reacción de los sectores conservadores. Se hablaba de posibles abusos sobre los niños, de la peligrosidad de las parejas LGBT. Todo eso visto en perspectiva claramente quedó como una retórica en desuso”, analiza Cecilia Merchan, Secretaria de Políticas de Igualdad y Diversidad del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad.

Pablo y Federico

“Esta ley hizo que empezáramos a llamar a las cosas por su nombre. No sos el amigo, ni el sobrino, ni el tío, ni tampoco el novio eterno. Tener que enmascararse detrás de algo falso era muy doloroso. Ni hablar si alguno de los dos fallecía y entonces su familia te borraba de un plumazo de la historia”, reflexiona Federico García, marido de Pablo Otero y juntos, padres de Francisca y Filippa, dos niñas de seis y año y medio, respectivamente.

Federico es tripulante de cabina como su pareja y ambos están juntos desde hace 15 años. “Siempre estuvo la idea de formar una familia así que cuando se pudo, nos casamos. Para nosotros era muy importante ser reconocidos como pareja ante la ley”, recuerda Federico. “Fuimos de los primeros, entonces nuestra fiesta fue la novedad para familiares y amigos. Me acuerdo que un tío mío, mayor, le preguntaba preocupado a mi mejor amigo con quién tenía que bailar el vals. Hoy ya sería una fiesta como cualquier otra”.

De acuerdo a datos recabados por la Federación LGTB, 20.244 parejas del mismo sexo se casaron en estos diez años en distintos lugares del país. Desde el Estado no hay un número oficial porque esta información es de los Registros Civiles de cada provincia y es potestad de cada jurisdicción llevar o no una sistematización, así como también darla a conocer.

Eliana y Gabriela

“Nosotras llevamos 25 años juntas. Desde la adolescencia que somos pareja. En 2004 cumplimos 10 años así que hicimos una celebración como si fuera un casamiento porque en ese momento no existía siquiera la posibilidad remota de que pudiéramos hacerlo algún día. En 2006 firmamos la Unión Civil en la Ciudad de Buenos Aires y en 2007, nació Juan, nuestro hijo”, cuenta Eliana Della Maggiora, en una llamada conjunta con su pareja Gabriela Campos. Desde hace años viven en la localidad cordobesa de Capilla del Monte.

“Cuando salió la ley, al toque sacamos fecha, llevábamos 15 años juntando ganas. Aunque como ya habíamos celebrado dos veces, en 2004 y en 2006, nuestras amistades hacían el chiste de que lo hacíamos para cambiar la vajilla”, recuerda Gabriela, risueña.

Sin embargo, no todo fue felicidad en aquel momento. “Cuando pudimos concretar nuestro matrimonio, en 2010, Juan tenía 2 años y como la ley no es retroactiva, nos encontramos con el obstáculo legal de que aunque estuviésemos casadas, no podía ser anotado como hijo de las dos. De hecho, yo había llevado adelante el embarazo como madre soltera”, explica Eliana. “Tal es así que ni bien nació y aunque las dos teníamos treinta años, fuimos a una escribanía a hacer un testamento, para tratar de resolver el tema patrimonial de lo que pudiera heredar”.

“Por esa razón, después del matrimonio igualitario, empezó una pelea legal con idas y vueltas por Registros Civiles, acompañadas de abogados especialistas y con el apoyo de la ONG 100 % Diversidad para que Juan pudiera ser anotado como hijo de las dos. Finalmente, en 2012, Presidencia firmó un decreto de necesidad y urgencia por el que permitía, por el plazo de un año y por única vez, regularizar las inscripciones de los niños y niñas con dos madres casadas y nacidos antes de la sanción de la ley”.

En este tema, hoy la realidad es otra. Desde 2015, el nuevo Código Civil refiere a la figura de “voluntad procreacional” para ser anotado como madre o padre de un niño o niña, por lo que no es sólo lo biológico (sexual y genético) lo que determina quién es hijo o hija de quién.

“En 2015 se completó el círculo pero fueron años de lucha porque lo que exigíamos era el reconocimiento de las familias para proteger sus derechos”, precisa Martín Canevaro, activista y secretario de 100 % Diversidad. Su historia personal también está ligada con la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario porque su casamiento con Carlos Alvarez se concretó meses antes de que el Congreso aprobara la norma, mediante un recurso de amparo presentado en la Justicia. “Más allá de las cuestiones propias del matrimonio, poder celebrar públicamente y no tener que ocultarse tiene un enorme impacto desde lo simbólico. Esta ley parió una nueva generación deconstruida”, asegura.

Daniela y Nahuel

“Mostrarle al mundo que dos personas pueden amarse sin importar la genitalidad. Toda nuestra relación es en sí misma una deconstrucción”, reflexiona Daniela Andrade y aclara que su matrimonio no puede definirse estrictamente como “igualitario” porque tanto ella como su marido, Nahuel Borquez, son personas trans de distinto sexo.

“Somos la primera pareja trans visible de Argentina”, enuncia Daniela y cuenta que conoció a Nahuel en 2011 en Rosario, en un encuentro de la militancia por la Ley de Identidad de Género. En aquel entonces, él vivía en Buenos Aires y ella en Chubut, así que por un tiempo la relación se dio a distancia. “Nos fuimos encontrando hasta que en 2014, Nahuel decidió mudarse a Comodoro Rivadavia. Y aquí pusimos fecha y el día de los enamorados, nos casamos”.

“La Ley de Matrimonio igualitario aportó el mensaje de igualdad desde el Estado, una herramienta fundamental para trabajar contra la violencia y discriminación que enfrenta a diario nuestra población. Fue un hito, tanto jurídico como social, que abrió el camino a más legislaciones y espacios”, afirma Flavia Massenzio, presidenta de la Federación Argentina LGTB y señala: “Pero transformar la igualdad jurídica en igualdad real es una batalla que seguimos dando; por eso, en 2020 promovemos una nueva ley contra actos discriminatorios que contemple a la diversidad sexual, así como una ley integral trans para que niñes, adolescentes y adultes accedan a los derechos que históricamente les son negados”.

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