Fue la primera pareja gay en adoptar un bebé en la Argentina y hoy ya tiene tres hijos

Ariel Vijarra y Damián Piguín quisieron ser padres mucho antes de que se promulgara la ley de matrimonio igualitario. Movieron cielo y tierra para ser seleccionados como adoptantes, hasta que lo consiguieron después de mucho andar y una “insistencia que rozó la locura”

 

Los dos están casados y son papás de tres: Olivia (7), Victoria (7) y Pedro (2). La historia de amor entre Ariel Vijarra (41) y Damián Pighín (47) empezó a escribirse hace 18 años y son una muestra de que la paternidad es posible cuando tanto se desea y se lucha por ella. Ambos fueron noticia en 2015 por tratarse del primer matrimonio igualitario que consiguió adoptar en el Registro único de aspirantes a guarda con fines adoptivos (Ruaga) en Santa Fe y ser a nivel nacional la primera pareja de la comunidad LGBT en adoptar una beba.

“Se cerró la fábrica. Estamos súper felices”, expresa Ariel mientras se escucha bullicio de niños de fondo. Lo cuenta con alegría y emoción como alguien que se encuentra en un gran momento de cosecha, donde antes existía un desierto interminable. La vida en familia cambió sus vidas por completo. Este deseo fue creciendo de a poco en sus vidas. Sus amigos se casaban y tenían hijos. Y ellos se habían convertido en los tíos sin hijos de las reuniones. Y un día se preguntaron de verdad: “¿Para qué laburamos tanto? Trabajamos un montón. ¿Y a quién le va a quedar todo esto?”. Y ahí Damián le manifestó sus ganas de ser papá. Con el tiempo, Ariel se dio cuenta de que el deseo de tener un hijo era cada vez más grande. “No me puedo ir de este mundo sin que seamos papás”, se dijo y se plantó con esa idea dispuesto a dar pelea sin que todavía existieran la ley del matrimonio igualitario ni la adopción.

Nos preguntamos ¿Qué evalúa el Ruaga? Ni idea. Le dije a Ariel: “Vos que estudiaste, que sos más grande y tenés más cara de serio. Anotate vos. “Se anotó solo y no recibió respuesta”, recuerda. Tres años estuvieron anclados en esa situación.

La desesperación natural facilitó que cayeran en una trampa. “Empezamos a buscar mediante una adopción directa, que era una posibilidad. Nos pidieron plata en Santiago del Estero y para eso tuvimos que vender un auto. Terminamos en el medio del monte y el bebe nunca apareció. Al volver, nos echamos la culpa uno al otro”. Esa situación lo desestabilizó. No por el dinero, sino por las ilusiones rotas. “Nos destruyó por dentro y casi nos separamos”, confiesa.

En ese momento, Ariel dijo basta. “Si llega adoptamos un hijo viene por Ruaga. Ahí no hay mentiras”. Y una vez que se aprobó el matrimonio igualitario, se casaron y Ariel tomó las riendas del asunto. “Actualicé la inscripción como un matrimonio y ahí empecé a generar entrevistas con los medios”, explicó. Empezó a hacer ruido y dejando claro que no quería perder su tiempo. Se obsesionó y dio lucha. “Empecé sin querer, a expresar lo que nadie decía. Fui al Concejo Deliberante de Rosario, hablé con todos los concejales que existían. Si Ruaga me decía vení el miércoles, yo ya iba el lunes. Escribí mails y cartas a organizaciones de derechos humanos, al Ruaga a nivel nacional. Escribí cartas a los que se te ocurriera. ¿Cuál fue de todas las puertas que toqué la que se me abrió? No sé. Creo que fue mucha perseverancia, insistencia, rozar el límite de la locura. Es un lucha que te consume psicológica y físicamente”, asegura. Cuando logró ser papá, sintió que todo el resto vino como añadidura.

El tiempo de cosecha llegó con Olivia. Recibieron un llamado realmente inesperado por parte de un juez rosarino, quien les habló sobre la posibilidad de adoptar una bebé de 28 días. Antes que a ellos se la habían ofrecido a 10 familias. Nadie la quiso. “Oli podía tener VIH, porque su madre no lo había dicho y no se pudo prevenir. Tenía ese estigma y no era la bebe ideal”, cuenta. Para ellos sí lo era y dijeron que sí automáticamente, querían ser papás. Para ellos, que trabajaban en salud, era más fácil poder comprender la situación. Damián es coordinador de piso y de cirugía, ambos conocían los tratamientos y caminos. “Sabemos que hoy por hoy, no es tan grave, que es una enfermedad que tiene su tratamiento”, explica. Lo comprendieron. Olivia recibió todos las medicaciones, como el AZT. Es una guerrera. Jamás lloró.

Al año y medio, le hicieron el test de Elisa y le dio negativo. “No es que lo tuvo y se negativizó. Aparentemente no lo tuvo nunca. Y no le podemos encontrar una explicación”. La adopción fue compleja. Ella estaba dentro de una neo sin que nadie la tuviese en brazos. Cuando vieron a Oli por primera vez pesaba 1, 250 kg. No podían creer que no hubiese enamorado a ninguna familia como a ellos, así, al instante, de inmediato y para siempre. Es más. Creían que no la habían visto. Sí, ya habían pasado dos parejas. A los cinco días la bebe recuperó dos kilos. Y pudieron irse todos a su casa. No lo podían creer.

De esas puertas que habían tocado, otras más se abrieron. Ya tenían a Oli hacía cuatro meses. Sonó el teléfono. Una médica le dijo: “TengoAñadir nueva a tu hija en mis brazos. Si te interesa, acaba de nacer”. Ariel aclara que en esa fecha todavía estaba vigente la ley de adopción directa. “Llegamos justo a tiempo”. Una madre no quería a su hija y se había vendado para ocultar el embarazo y la médica que conocía a Ariel por la presentación de su libro La búsqueda y se habían quedado conversando, pensó en él y su pareja. Cómo no recordarlo. El libro trataba sobre la horrenda experiencia sobre su intento de adopción por la vía directa.

Otra vez. Ariel no lo podía creer. La médica le pidió un nombre para la bebe por teléfono y le salió Victoria. En un acto de sinceridad, dijo que ya tenían una hija. Pero desde el otro lado del teléfono continuaron con su elección en pie. Le dijeron: que se críen juntas. Prepararon los bolsos y mamadera, ya estaban cancheros. Y así llegó Vicki, “gritona y llorona”. A los cinco años le diagnosticaron un trastorno generalizado del desarrollo. La nena es independiente, se hace entender, pero habla con frases sueltas. El objetivo principal de los padres es que ella pueda hablar y defenderse en la vida.

Pedrito llegó hace casi un año. “Fue maravilloso. Nosotros trabajamos con la ONG Acunar Familias activamente desde 2017, con la que ayudamos a papás a poder adoptar y rescatamos a muchos chicos del maltrato. Pedro nos rescató a nosotros. Lo tuvimos en guarda un tiempo y fue encontrando su espacio en la familia. Es un nene muy feliz. Y tiene a sus hermanas”, explica. Antes de institucionalizarlo, la familia decidió que continuara con ellos. “Fue una alegría muy grande”, asegura.

“Hemos ayudado a muchísimas familias con la ONG, 89 familias “reencontradas” y una en vinculación en todo el país. Somos muy felices con eso”, manifiesta Ariel, que busca desterrar todos los mitos sobre la adopción sobre chicos mayores de 6 años. O el de aquellas personas que dicen que se anotan y nunca las llaman. “Lo que sucede es buscan un bebe, como lo hice yo también en su momento. ¿Pero qué pasa? Hay que madurar esa idea. Si cumpliste 31, 32, tenés que saber que tu edad, tus ganas, tu paciencia van mutando y que ya estás para acompañar a un niño”, explica.

Ariel quiere dejar claro que son niños y romper de una vez con el estigma. “Cuando ellos te digan papá o mamá, tengan 6 o 15 vas a sentir lo mismo. Trabajamos mucho en concientizar. Para esos chicos no suele haber familias y las están esperando. Y cuando estos “reencuentros” se producen, en dos, tres meses, cinco los chicos ya están con su nueva familia”, asegura. El mensaje es siempre optimista, basado en la experiencia positiva de ellos. “Si nosotros pudimos, vos también podés. Tratamos siempre de acompañar e inspirar”.

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