Doce años de matrimonio igualitario: los primeros en casarse en la Ciudad llevan 46 años juntos

Días antes del célebre matrimonio igualitario, Alejandro había recibido un correo electrónico que, sin saberlo, cambió la historia de la pareja e inició el camino a la ley tan esperada.

 

Alejandro Vannelli (73) y Ernesto Larresse (72) todavía recuerdan con emoción aquel 30 de julio de 2010 en que se convirtieron en la primera pareja de hombres en contraer matrimonio en la Ciudad de Buenos Aires. En la madrugada del 15 de julio de ese año, la Argentina se había convertido en el primer país de América Latina y el sexto en el mundo en reconocer el derecho a contraer matrimonio a personas del mismo sexo. Ellos fueron parte de esa conquista tan celebrada.

Si bien el proyecto de ley final ingresó al recinto en mayo de ese año, desde la década del ‘90 varias organizaciones LGBT venían militando distintos proyectos de unión civil o matrimonio igualitario en el Congreso de la Nación. Por lo que esa libreta simbolizaba años de lucha y el momento más importante de sus vidas, un acto coronado por la convicción política y el recuerdo de los amigos reprimidos y los fallecidos a la espera de que la ley fuera real.

El de ellos no fue amor a primera vista, más bien de Rechazo a primera vista, como se titula el libro que publicaron en Editorial Planeta. Su historia juntos cumple 46 años. Y desde hace 12, cuentan los aniversarios de casados. En 2022, se siguen eligiendo y comiendo perdices, y más ahora con la llegada de la primera bisnieta.

La pareja es muy conocida y respetada en el ambiente artístico. Ambos estaban ligados al mundo del espectáculo, cuando se conocieron. Fue a raíz de una bomba de la Triple A en el Complejo Estrellas (estaba en Riobamba 280), en 1975. “Por esa cosa tremenda nos conocimos”, enfatiza Alejandro Vannelli, representante artístico, que le cuesta todavía creer que haya sido así. Esa fatídica noche del estreno de Las Mil y una Nachas 1976, murió un iluminador de Cipe Lincovsky, Carlos Horton y un empleado del teatro, Horacio Pereyra. La amenaza era para Nacha que debía suspender el regreso de su musical. Ella tuvo que exiliarse por segunda vez y Ernesto, que formaba parte de su elenco, pasaba al espectáculo de Antonio Gasalla, que hacía Gasalla For Export, en el mismo complejo. Alejandro, comenzaba a hacerle prensa a esa obra y así se conocieron con el actor.

Casi al mismo tiempo, Alejandro -que ya había cruzado miradas con Ernesto- viajó durante dos meses por Europa y cuando regresó a Buenos Aires volvió al teatro. “El 13 de junio del ‘76 es la fecha que nos pusimos como comienzo de la relación. Habíamos tenido encuentros en enero, pero ese día cuando llegué al teatro en vez de ir a saludar a Gasalla o a las chicas, que eran parte de la obra a la que le hacía la prensa, giro y cuando me abren la puerta estaban Ernesto y sus compañeros. Yo estaba muy guapo después de un viaje y con el ego muy alto, y nos fuimos todos a comer. Después Ernesto vino para casa, con un cepillo de dientes, y acá está después de 46 años”, resume Vannelli sobre el inicio de la relación.

Al principio, Alejandro le cayó mal. “Cuando nos conocimos estábamos ensayando y entre la platea aparece un señor que por su aspecto, su forma de ser, su forma de hablar me pareció un cheto; no me gustaba, me caía muy mal. Sentí rechazo y durante los primeros días casi ni le dirigí la palabra y casi lo miraba con desprecio… Hasta que un día estábamos ensayando para la obra de Gasalla y aparece de nuevo. No me acuerdo qué me preguntó, el tema es que nos pusimos a hablar y ahí ya no me cayó tan mal: tenía ojitos celestes y pensé que era una persona agradable que, a pesar de ser cheto, pensaba… Tenía un pensamiento interesante”.

“Éramos totalmente opuestos”, asegura Alejandro cuando compara: “Él viene del Conurbano y yo de Libertador y Salguero; fui fundador del Instituto San Martín de Tours y monaguillo”. “Y yo -sigue Ernesto- ¡zurdito de Lanús…! Eran dos planetas distintos y más en aquella época”.

Pese a creer que lo de ellos no duraría ni una semana siguieron juntos y el día que cumplieron 34 años como pareja se presentaron en el Registro Civil de Coronel Díaz y Beruti a pedir turno para casarse, pero no por el deseo de unirse en matrimonio sino por una decisión política.

Del amor libre a la violencia

Cuenta Alejandro que a fines de los años 60 se respiraban aires de libertad en la Argentina. ”La época hippie fue maravillosa, con el amor libre, Los Beatles, peace and flowers, el Instituto di Tella y los pantalones de pata de elefante. Había mucha libertad y cierta persecución, por otro lado”, explica. El representante, recuerda al comisario Margaride, que hacía raids para levantar a la gente, que terminaba pasando la noche en el calabozo. “Nos tenia entre ojo y ojo, quería exterminar a toda la población diversa. Si te veían caminando con alguien, llegaban las preguntas, siempre pensaban que se trataba de un levante”, relata.

Tras esa época de felicidad y apertura, Alejandro había mucha esperanza para un futuro mejor . “Pero llegó la Triple A y después algo peor, la dictadura”. Cuando Alejandro y Ernesto se enamoraron, en 1976, decidieron compartir sus vidas cuando Argentina vivía su peor etapa y homosexuales, lesbianas y trans eran detenidos por su orientación sexual e identidad de género.

La pareja tuvo un día negro en plena dictadura. El 13 de marzo de 1979 estaban reunidos con unos amigos en su departamento, recién llegados de un viaje a Estados Unidos, escuchando unos discos de Donna Summer. Se estaban divirtiendo y alguien golpeó la puerta. Vieron que era el portero y le abrieron. Jamás imaginaron quienes venían detrás. “Eran paramilitares, del Regimiento de Patricios”, dice Alejandro. “En la época “se hacía Patria” si veías cinco personas juntas haciendo algo raro en un departamento”, agrega. Ellos simplemente estaban escuchando música. Algún vecino los denunció. El relato es pura violencia, “que se recrudeció cuando se dieron cuenta de que eran gays”, explica

Como en una película de terror, de escuchar el disco de Donna Summer pasaron a tener bolsas en las cabezas y pasar por “todas las cosas que uno pueda pensar”. Y a Alejandro, además de golpearlo, le gatillaron tres veces un revólver en la sien, sin balas. “Y se cagaban de risa. Y nos preguntaban a cada uno ¿quién carga carne por popa? No teníamos nada que ver con la guerrilla. Teníamos planeado volver a Estados Unidos. Nuestros gatos, afortunadamente, se habían escondido debajo de una mesa y no los vieron”. A pesar de todo lo vivido, la pareja decidió apostar por el país.

Nunca se quedaron encerrados y continuaron viviendo sus vidas y disfrutando de su amor. Jamás ocultaron su relación de la que siempre se sintieron muy orgullosos. El padre de Ernesto cuando los visitaba veía que vivían en la misma casa y dormían en la misma cama. Con la llegada de los nietos (Alejandro tuvo una hija siendo muy joven) no tuvieron necesidad de tener que contar nada “Los niños ven el amor. Y si hay amor, están contentos. A Ernesto lo aman como si fuera su abuelo”, subraya. Siempre hemos sido consecuentes. “Hace 10 meses y 14 días, fui bisabuelo. Mi nieta mayor fue mamá de Cielo. Estamos embobados. Somos bisabuelos”, cuenta con mucha alegría.

Los elegidos

Días antes del célebre matrimonio igualitario, Alejandro había recibido un correo electrónico que, sin saberlo, cambió la historia de la pareja e inició el camino a la ley tan esperada. “Llega un mail con un pedido de Bruno Bimbi, un periodista que era secretario la Federación Federación Argentina LGBT que pedía que los actores que yo representaba firmaran una solicitada en pos del matrimonio entre personas del mismo sexo. Me parecía que era un poquito disparatado, pero nos reunimos”, detalla Vannelli sobre el encuentro que los señaló como la pareja indicada para que el pedido pudiera instalarse en la opinión pública y en el Congreso, que era lo que buscaban y que tenía como modelo a la ley lograda España el 3 de julio de 2005.

“Era fines de mayo y en una charla con Bimbi salió que el 13 de junio cumpliríamos con Ernesto 31 años juntos, que tenemos hijos, nietos y nos cuenta que en febrero María Rachid y Claudia Castro se había presentado en el Registro Civil a pedir turno para casarse y se lo habían negado, por lo que ahora necesitaban a una pareja de hombres para que los dos casos pasen a la Corte Suprema. Eran recursos de amparo”, detallan casi a la par el camino judicial iniciado por la activista el 14 de febrero de 2007 y que significó el primer amparo judicial para que se declarasen inconstitucionales dos artículos del código civil que impedían el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pese a que sus amigos y allegados les aconsejaron no sumarse a ese pedido, porque Ernesto era un reconocido actor que se expondría y porque la cara de Alejandro se haría pública, ellos aceptaron la propuesta y el 13 de junio de 2007 llegaron al Registro Civil para pedir fecha de matrimonio.

“Decidimos hacerlo con el gran terror de que nos casaran porque nosotros éramos enemigos del casamiento como institución”, asegura entre risas el representante de artistas a lo que Ernesto agrega: “¡Y lo seguimos siendo! Yo abomino la institución matrimonio que tiene que ver más que nada con el patrimonio, porque regulariza patrimonios”.

“Íbamos a buscar que digan que no y que la escribana que llevó la gente de la Federación levante un acta que es lo que sirve como base para empezar el recurso de amparo. Llegamos con todos los testigos y la gente que habíamos llevado, éramos como 70 personas en el salón, y el juez nos sentó en el lugar de los novios, pero no para casarnos sino para decirnos que lo lamentaba pero que no podía casarnos. María José Lubertino, que era diputada, levanta la voz y le dice ‘¡Juez: cáselos y siente jurisprudencia! ¡Va a pasar a la historia!”, relata entre risas Ernesto y Alejandro, acompañando cada recuerdo, admite: “¡Por suerte! Porque no estábamos preparados”.

Todo esto es por política porque queremos que salga la ley para que todos los homosexuales seamos ciudadanos de primera como lo son los heterosexuales. Fue por militancia no porque me divierta mucho entrar en la institución matrimonio”, argumentó Larresse a Patricia Walsh, la diputada que acompañó la hazaña y estaba sentada detrás de la pareja e indagó qué hubiera pasado si el juez aceptaba casarlos.

Para su sorpresa, cuando salieron del edificio de la Comuna 14, decenas de personas los esperaban con aplausos que no sonaban como los del teatro. En esos sonidos había un pedido de ayuda que los traspasó, emocionó e hizo entender que detrás de lo que acaban de hacer había miles de personas esperando por ese logro para también poder casarse con quienes amaban.

A partir de ahí trabajamos mucho por la ley”, señala Alejandro y Ernesto reconoce que, además, “logramos que el tema se instalara en la mesa familiar, que los padres hablaran con los hijos, se puso sobre la mesa la sexualidad y se empezó hablar de la diversidad. Eso nos superó”.

Con el pedido visibilizado, el actor y el representante -que también padecieron problemas laborales a causa de esa decisión- comenzaban a ser convocados en todos los programas televisivos y radiales para hablar de la ley. Un grupo de músicos, entre ellos Fito Páez, Vicentico y Pedro Aznar, participó de un festival por la diversidad frente al Congreso y incluso reunieron a 44 artistas (Alfredo Alcón y Norma Aleandro, entre las grandes figuras) para una campaña a favor de la propuesta.

Pasaron tres años en los que el amor y la militancia -tal como lo cuentan en el libro Rechazo a primera vista– los unía más que nunca y, finalmente, llegó el 14 de julio de 2010, día en que el proyecto de ley entró a debate en el Senado. Afuera, una multitud acompañaba desde la plaza el acto legislativo.

Durante todo ese tiempo se sintieron muy acompañados no solo por personas homosexuales, que se les acercaban a hablar. También por sus familias. Alejandro recuerda que un hombre cercano a los 70 años que lloraba por la calle, le preguntó si se acordaba de él, y que habían conversado tras una reunión en la Facultad de Derecho. La había dicho en esa oportunidad, que nunca había podido contarle a sus dos hermanas, muy católicas, que era homosexual. Alejandro le recomendó ser auténtico y que si no lo aceptaban, no lo querían bien. En este recuentro inesperado por la calle, que se dio después de la ley, el hombre le contó a Alejandro que finalmente había podido contárselo a sus hermanas. Y ellas le respondieron: “nosotras supimos toda la vida que eras gay”La triste historia de un hombre que nunca había podido hablar sobre su verdad.

Eso cambios producidos en todas las personas tras la ley, que llevó las conversaciones sobre la sexualidad a la mesa familiar, hizo que Alejandro viviera durante esos tiempos con las emociones a flor de piel. “Vivía llorando, era todo muy fuerte”, expresa con la voz quebrada.

Dice Alejandro que con Ernesto al principio creyeron que el matrimonio no iba a cambiar nada. Pero, sí. Pasó de todo. “Recibimos muchos regalos. Hicimos una fiesta alucinante para 600 personas. A nivel sexual, hubo un reverdecer. Nos dio mucho orgullo haber podido ayudar a concretar una ley muy grande. Hice videos con famosos apoyando el matrimonio igualitario. Organicé un festival. Nos dio más pila para la vida”, concluye.

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