“Asfalto”: así es la primera novela gay argentina, que hoy resulta casi imposible conseguir

El libro de Renato Pellegrini que, en 1964, desafió los tabúes de su época. Quién fue el famoso escritor que hizo el prólogo pero no lo quiso firmar.

 

¿Existe algo así como una primera novela gay argentina? Aunque gran parte de la crítica literaria le concede ese honor a El beso de la mujer araña, la novela de 1976 de Manuel Puig en la que un preso político y un homosexual conviven en una misma celda, la literatura argentina está poblada desde sus comienzos de relaciones sexuales entre hombres.

En la mayoría casi absoluta de los casos anteriores a dicha novela, la homosexualidad está retratada de manera negativa y patologizante como un problema a resolver, ya sea a través del arrepentimiento o el suicidio. Pero antes de Puig y el boom de escritores homosexuales que hubo a partir los años ‘80, como Néstor Perlongher, Oscar Hermes Villordo o Fernando Noy, hubo un libro que se anticipó más de una década al tratamiento no estigmatizante de la homosexualidad: Asfalto, de Renato Pellegrini.

Publicada en 1964, Asfalto es una novela de iniciación que cuenta en primera persona la historia de Eduardo Ales, un adolescente cordobés de 17 años que, tras ser expulsado del colegio, decide escapar de la monotonía sofocante de su pueblo en un tren hacia Buenos Aires.

Al llegar solo y sin un peso a la ciudad, que a lo largo de la novela el autor va construyendo como un personaje más, Eduardo se ve inmerso en una maquinaria inmensa y despiadada que deglute todo cuanto entra en sus fauces alquitranadas. Obligado a recorrer las calles a pie por no tener un lugar donde dormir, el personaje se zambulle en el universo del yire nocturno y sus códigos no verbales.

Previo a la sedimentación de las identidades sexuales y sus lenguajes, que vendrían en los años posteriores, bastaba una mirada o un gesto para que, entre entendidos, se comunicaran. Así, entre plazas, cines y esquinas, prostitución, violencia y ternura, Eduardo se irá topando con hombres que, como la ciudad que habitan, querrán devorarlo por su juventud, belleza e inocencia pueblerina.

Esta novela fue la última publicación de Tirso Ediciones, una editorial argentina que funcionó entre 1956 y 1965, conocida por ser la primera de Latinoamérica en focalizarse en contenido homoerótico. Tirso, fundada por el propio Renato Pellegrini junto al escritor Abelardo Arias, publicó en español a algunos de los grandes autores homosexuales europeos de la primera mitad del siglo XX, como Roger Peyrefitte, Henry de Montherland, André Gide y Carlo Coccioli.

A la par de esas figuras de renombre, que a pesar de tratar temas tabú para la época ya contaban con cierta legitimación internacional, también publicaron autores argentinos que, más tímidamente, contribuyeron a la incursión de una sexualidad fuera de la norma en las letras argentinas.

Con culpa, sin culpa

Ya en su primer libro, Siranger, también publicado por Tirso en 1957, Pellegrini escribió abiertamente sobre homosexualidad, aunque con un tratamiento que viraba entre la culpa y la condena, y que concluye con un shakespeareano suicidio doble. En esos años, otros libros publicados por la editorial, como La boca sobre el mármol de Diego Barracchini o Álamos talados de Abelardo Arias, tocaron el tema pero siempre de manera velada o adyacente.

Sin embargo, Asfalto, escrita después de los viajes que el autor hizo por Europa, retoma las temáticas de Siranger y las profundiza, ya sin culpa ni vergüenza, lo cual le valió la censura del libro y un complicado proceso judicial que terminó en tres meses de prisión por el delito de obscenidad previsto en el artículo 128 del Código Penal vigente durante la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Por ese motivo, la mayoría de los escritores y editores de esa época temían abordar libremente estas temáticas a riesgo de ser multados, arrestados o exiliados. Homosexuales sobraban, pero pocos se animaban a hablar, y menos aún a escribir, sobre aquello que en ese entonces era considerado no solo una perversión sino, además, un crimen. El escritor Manuel Mujica Láinez, por ejemplo, escribió el prólogo de Asfalto para la primera edición pero prefirió que saliera sin su nombre. “No te lo firmo porque con este libro te meterán preso y yo no quiero verme metido en ese lío”, le dijo Manucho al autor, y no se equivocaba.

Incluso en la cita de Albert Thibaudet que eligió como epígrafe, “El genio de la novela hace vivir lo posible, no revivir lo real”, Pellegrini intenta anticiparse a cualquier posible repercusión al aclarar que lo narrado no es real sino imaginado. Pero no sería hasta décadas más tarde que el autor admitiría la exactitud de los paralelismos entre Eduardo Ales y él mismo.

Del mismo modo, a pesar de que todos los personajes que aparecen a lo largo de la novela son homosexuales, hacia el final incluye a Julia, una mujer de la que Eduardo “se enamora”, pero que décadas más tarde el autor aclararía que se debió a “influencias externas para atemperar la novela” (lo cual funcionó, ya que fue ese dato menor del que los jueces se agarraron para desestimar algunos de los cargos en su contra).

Para Pellegrini, el personaje de Julia vendría a ser como la Albertina de Marcel Proust, tal vez la mayor influencia para todos los escritores homosexuales de la primera mitad del siglo XX. Como sucede en los últimos tomos de En busca del tiempo perdido, la enamorada era, en realidad, un muchacho.

Aunque Asfalto se reeditó a comienzos del siglo XXI, hoy es casi imposible conseguir una copia de esta novela fundamental para la historia de la literatura gay argentina. Será cuestión de tiempo hasta que, gracias al crecimiento exponencial del interés por este tipo de libros en los últimos años, alguna editorial desempolve esta y tantas otras joyas que todavía permanecen escondidas.

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