Sexo Gay En La Ciudad: Manteniendo Distancia

En un momento Manuel fue al baño y quedamos solos y tuve que preguntarle al Sr. Q por él. Me dijo que era un ex compañero del gimnasio, que sólo podía ver ese día. ‘Si claro, “compañero de gimnasio”’ le dije bromeando.

 

‘No voy a decir que fue difícil, aunque lo fue. Traté de no quedarme pero solo lo empeoró. Estuve manteniendo distancia. Sólo quiero saber lo que estás pensando. No puedo explicar la manera en que duele. Ahora que lo nuestro terminó. Soy muy malo jugando esto. Estuve escondiendo mis sentimientos, estuve manteniendo distancia’. –Ruel

Después de más de un año me preparaba para ver nuevamente al Sr. Q. Había regresado al país de visita por unos días. La verdad, había sido un año emocionalmente desgastante, no sabía si estaba demasiado preparado. Pero bueno, ya era tarde para bajarse del plan. Lo invité a tomar unos tragos y cenar en un lugar nuevo en Güemes. Tengo que admitir que estaba un poco ansioso y nervioso. Recordaba lo que le dije en nuestra despedida: ‘Cuando nos volvamos a ver, todo va a ser diferente’. Pero ¿realmente habíamos cambiado en este tiempo separados?

Durante los últimos meses creo que lo había logrado. Creo que mantener distancia y quizás hasta ser un poco más frío con el Sr. Q, había ayudado a que, poco a poco, lo vaya superando. Y no fue nada fácil. Lo más complicado fue no comparar TODO con él. ¿Vieron cuando están conociendo a alguien nuevo y de repente hay algo en tu interior que sabe que los sentimientos no se sienten igual de fuertes que antes? ¿Igual a cuando realmente estabas enamorado?. A veces uno hace el esfuerzo y sigue empujando para volver a sentir lo mismo, hasta que finalmente acepta que todos los sentimientos hacia otra persona, son igual de diferentes que las personas en sí. Tampoco todos los flechazos de enamoramiento se sienten al instante, es decir, al principio de la relación. Algunos tardan en llegar, y otros ni siquiera son tan fuertes. Son como esos flechazos tirados a distancia que se clavan débilmente y se terminan cayendo del blanco.

En el camino a nuestro reencuentro, bordeando La Cañada, me preguntaba si iban a regresar esos sentimientos. Si es como dicen que el cuerpo tiene memoria e iba a sentir nostalgia, si iba a ser como una reunión de viejos amigos o iba a ser algo tan abrumador como para que me de un ataque de pánico. Esperemos que no. 

Lo esperé en la puerta del lugar y, de repente, apareció entre la multitud. Y si, fue un poco abrumador. Estaba más lindo de lo que lo recordaba. En ese entonces todavía no usábamos tapabocas. Mi corazón comenzaba a presionarme el pecho y lo que hizo instantáneamente mi cara fue sonreírle. Él también y hasta se puso colorado. Yo solo pensaba: ‘no te olvides de respirar, no te olvides de respirar’. Nos abrazamos fuerte y sentido. ‘Decíme que me extrañaste’ me exigió en broma. ‘Si supieras’ pensé por dentro. ‘Obvio que te extrañé’ le dije. Todo estaba muy bien hasta ese momento. ‘El es Manuel, un amigo’ me dijo señalándome a un chico que estaba detrás suyo. Yo balbuceé un ‘Hola’ y le di la mano todavía descolocado. El chico también estaba un poco descolocado, como si le hubiesen  avisado improvisadamente que iba a compartir la cena con un desconocido. ‘¿Entramos?’ pregunté, aunque en realidad ya me quería ir. Esto no era lo que tenía en mente. 

El Sr. Q, estaba de buen humor, como si la situación no fuera nada extraña. Yo trataba de descifrar si en realidad había venido a presentarme su nuevo novio. Dudo que sea así de cruel ¿o no?. Después de un rato, me relajé. Claramente, para él, este era un reencuentro más. Yo me imaginaba algo más íntimo. Pero bueno, era lo que había. Cenamos tranquilos, conversamos de todo un poco. Manuel estaba un poco tímido/incómodo y de vez en cuando trataba de incluirse en la conversación. Quizás él también se esperaba algo íntimo y terminó conmigo de chaperón en la mesa. Si tenía que leer su lenguaje corporal, era bastante obvio a Manuel le pasaban cosas con el Sr. Q. Si bien no soy experto en lenguaje corporal, si soy experto en Sr. Q. 

En un momento Manuel fue al baño y quedamos solos y tuve que preguntarle al Sr. Q por él. Me dijo que era un ex compañero del gimnasio, que sólo podía ver ese día. ‘Si claro, “compañero de gimnasio”’ le dije bromeando. El se rio y replicó: ‘De verdad…nada que ver’. Le creí, pero al mismo tiempo, el Sr. Q. era especialista en ignorar cuando alguien está enamorado/obsesionado con él. Eso lo sabía de primera mano. La cena continuó, tomamos unos tragos más. Y a veces, mientras el Sr. Q. me contaba algo sobre su vida en el exterior, observaba a Manuel ahí a su lado, mirándolo perdidamente, embobado, atendiendo a cada una de sus palabras como si tomara apuntes con los ojos. Tuve un flashback a cuando ese era yo y me vi reflejado en Manuel. ¿Así de obvio e hipnotizado me habré visto?. Seguramente.

Empezaron a llegar mensajes al grupo de Whatsapp de mis amigos. Esa noche había previa y salida. Yo había considerado no salir esa noche y quedarme con el Sr. Q todo lo que fuera necesario. Pero viendo y considerando que esta cena ya no tenía sentido. Decidí que iba a irme con mis amigos. Porque como dice la canción: ‘Creo que ya vi esta película y no me gustó el final’. Me despedí del Sr. Q con la falsa promesa de que nos íbamos a volver a juntar antes de que se fuera. Pero él y yo sabíamos que era mentira. 

Ya en la fiesta, junto a mis amigos la estábamos pasando genial. Era una de esas fiestas gigantes donde te cruzás con todo el mundo. Y menos mal que fuimos, porque iba a ser una de las últimas fiestas multitudinarias a la que íbamos a asistir por un laaaaargo tiempo. Celebramos con mucho baile y brindis de fin de año. Y personalmente yo celebraba que el capítulo del Sr. Q. había quedado atrás. Finalmente tenía razón: todo entre nosotros fue diferente. La distancia física y emocional, sumado al paso del tiempo, habían logrado que pudiese darle un punto final a la historia de la extensa saga del Sr. Q.

Mientras esperaba un trago en la barra, a la distancia tuve el segundo reencuentro de la noche. Era Samuel. Claro que estaba ahí, todo el mundo estaba ahí. Entre la oscuridad  y casi a escondidas con un chico. Lo miré, nos miramos. Él se puso incómodo y yo también. Tomé mi trago y me escapé rápidamente de ahí. 

Al final de la fiesta. Fuimos a desayunar con mis amigos. Y me llegó un mensaje de Samuel para que nos juntemos como en los viejos tiempos. Si esta era la noche (o la madrugada) de cerrar capítulos de novelas, esta era una que necesitaba cerrar. Así que le dije que sí. 

Cuando llegó, todo fue muy diferente a la primera vez. No había besos en el palier del edificio, ni tensión sexual en el ascensor, ni besos apasionados contra la pared del pasillo. Creo que él sabía que necesitaba entender que pasó la última vez que nos vimos. Era una madrugada fresca de primavera, así que salimos a conversar al balcón. Y ahí se sinceró. Me dijo que ese noche que sus amigos aparecieron de repente, me soltó la mano porque no quería que supieran que estábamos teniendo algo. Porque hacía años estaba enamorado en secreto de uno de sus amigos. De alguien de su grupo de amigos. Y por eso hacía todo en secreto conmigo. No quería que nadie lo supiera. Por eso cuando preguntaron por mi, negó que me conocía. Misterio resuelto. Me dijo que estuvo a punto de confesarle todo muchas veces, a veces parecía que se le iba a dar y otras veces, sentía que nunca iba a poder superarlo. Y se enojaba y frustraba porque inconscientemente comenzaba a autoboicotear todo intento de relación nueva. Una vez más, en menos de 24 horas, me vi reflejado en alguien más. Y lo entendí. Claro que lo entendí. 

Luego de su sincericidio, Samuel recordó que me debía mi regalo de cumpleaños. Y me robó un beso. No era un beso romántico, más bien tenía sabor a consuelo, ese consuelo al que sólo podíamos abrazar con los labios. Así fue como una vez más, terminamos estando juntos. Mientras él dormía plácidamente, como cualquiera que se saca un gran peso del pecho. Yo no podía dormir. Ya no me sentía tan cómodo conciliando el sueño a su lado. Salí al balcón para procesar todo lo que había pasado esa noche y porque hice lo que hice. Mientras veía el amanecer me preguntaba ¿había hecho bien en reencontrarme con mis dos últimos capítulos importantes o hubiese sido mejor mantener distancia de ambos?  En las sabias palabras de John le Carré (Q.E.P.D): ‘A veces tenemos que hacer ciertas cosas para así encontrarles una razón. A veces nuestras acciones son preguntas, no respuestas’. 

Pablo M. Acuña

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