Peleas virtuales

Malentendidos por WhatsApp, entre la entonación antojadiza y la abundancia de emoticones

 

La tecnología tiene su cuota de aporte a los malentendidos. Este tipo de fenómeno se observa cuando entramos en el universo WhatsApp. Los mensajes escritos no tienen el investimento paraverbal y muchas frases son leídas de acuerdo con lo que siente o interpreta el receptor.

Desde el vamos, cuando leemos un libro, no es el libro que escribió el autor, sino el libro que construye el lector. Somos los lectores quienes poblamos de significados lo que leemos, la obra de teatro o la película que miramos. Somos nosotros los que hacemos la puntuación, la descripción y los significados. ¡Cuántas veces nos pasaban una fotocopia en el secundario o la universidad que había sido subrayada por nuestro compañero y notamos que esos párrafos que señaló no eran relevantes para nuestra síntesis y subrayamos otros!

En el consultorio muchos pacientes que litigan con su pareja o tienen problemas con alguna persona de su entorno nos leen los textos de WhatsApp imprimiéndoles la emoción con que ellos creen que el interlocutor escribió los mensajes, por ejemplo, una actitud de rivalidad, agresiva, insidiosa, etc. Yo les pregunto: ¿Por qué me lo estás leyendo de esta manera?, y me responden que seguro que es así, que seguro él o ella se dirigirá a ellos de esa manera. Les vuelvo a preguntar si es factible leer el mensaje con otro tenor, y soy yo quien lo hago.

Cuando lo leo de otra manera se quedan sorprendidos y les digo cuál sería la respuesta de ellos ahora en comparación con la que dieron. La variación es enorme.

El repertorio de emoticones cada vez más desarrollado en la gestualidad acerca a lograr interpretar con más precisión el mensaje escrito. Por supuesto que hoy se pueden mandar grabaciones y hasta videos, lo que posibilita que el mensaje sea codificado por el interlocutor más asertivamente, dejando menos lugar a dudas en la interpretación.

El emporio tecnológico ha modificado la comunicación. Los mensajes de texto han creado situaciones de expresión reducidas a lo que en una época fue el telegrama.

Se ha perdido mucho de la retórica verbal. Se elucubran y desarrollan diálogos extensísimos por WhatsApp, se mandan imágenes instantáneas que sintetizan descripciones acerca de qué estoy comiendo, haciendo, leyendo, mirando. Es notable que el intercambio verbal mediante un diálogo, por ejemplo, telefónico, ha quedado afincado en gente que refiere a una generación que hoy tiene cuarenta y cinco o cincuenta años en adelante. Las personas de esa generación se reunían en bares cara a cara para decirse cosas, contarse acerca de la vida particular. En cambio, hoy, se envían fotos y videos ad hoc de las actividades que desarrolla una persona, que es una forma de contar la vida momento a momento.

Que se entienda que no estoy en la posición que señala que los adelantos cibernéticos son un retraso para las relaciones humanas. Mucha gente de la generación del 40 o 50 ha criticado y resistido notablemente el mundo tecnológico, por ejemplo, el uso del celular. Pienso que la gente de esa generación no se adecua a los cambios o, mejor dicho, los resisten. Creo que no es mejor ni peor, sino simplemente diferente.

Pero también es real que el uso de los mensajes escritos sirve para no enfrentar situaciones: desde un no a alguna propuesta hasta terminar una pareja. También los comentarios en Instagram o Twitter, o los videos de YouTube, muestran en numerosos casos el drenado de agresiones gratuitas enfundadas en cuentas anónimas.

Todos estos son algunos de los ejemplos que muestran las lamentables consecuencias de comunicar de manera torpe, superficial o poco concienzuda. Estamos habituados a colocar la culpa afuera desligando responsabilidades que nos involucran en un circuito relacional. Las personas discuten, apuntan con rudeza y tiran al corazón del interlocutor. Hablan de por qué el otro dice lo que dice o hace lo que hace.

Cada uno juega a ser psicólogo y analiza al otro buscando orígenes de su reacción en su historia, pero se está muy lejos de ver los motivos en la propia conducta. Las personas no se preguntan: ¿Qué hice yo para generar esta reacción en el otro?, ni le preguntan al otro: ¿Qué pensás que hice para que vos reacciones de esta manera? Estas reflexiones nos llevarían a asumir nuestra propia colaboración en la respuesta que nos dio el interlocutor.

Implicaría encontrar un nuevo sentido a las actitudes del partenaire si entendemos que somos coproductores de la conducta del otro.

Fragmento de Qué digo cuando digo. De los malos entendidos a la buena comunicación (PRH), del psicólogo Marcelo R. Ceberio.

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