En los 90, se hizo popular la tendencia de quedarse en casa y usar el hogar como refugio anti estrés. Este boom se llamó “nesting”, que significa anidar.
Convertir tu casa en un bunker destinado a desconectarte del mundo exterior, relajarte y buscar actividades que te den placer, es beneficioso para tus emociones.
– ¿Vamos a tomar algo?
– No, gracias, este finde hago nesting.
Más allá de que suene a pretexto cool, el nesting ha logrado convertirse en un verdadero estilo de vida. Actualmente, las posibilidades tecnológicas convierten un fin de semana de encierro en una experiencia a nuestra medida; donde es posible engancharte con una serie de Netflix, probar sabores nuevos pidiendo delivery con apps con las que no hace falta ni levantar el teléfono, hacer las compras en el supermercado o en un shopping virtual y muchas cosas más, sin necesidad de sacarte el pijama y las medias de lana.
Esta tendencia se hizo más fuerte después del atentado a las Torres Gemelas (2001), cuando la gente -muerta de miedo- empezó a sentir necesidad de “protegerse” dentro del hogar.
Así fue como empezaron a equipar su casa como nunca antes. Esta conducta fue aprovechada por los diseñadores de interior y comerciantes a los que se les abrió un mundo de posibilidades para ofrecer muebles y productos que brinden mayor confort.
Quedarse en casa se volvió el leitmotiv de este colectivo, que fue testigo de cómo un día muchas personas que salieron de su hogar a trabajar no regresaron jamás. Es extremo pero comprensible.
Hoy también es furor en las redes sociales el hashtag #staycozy (que significa estancia acogedora) y habla de lo mismo que el nesting. Los usuarios de Twitter e Instagram lo comparten acompañado de un sinfín de imágenes de gente reposando en el sillón. ¡Bien por ellos!
Es innegable que esta práctica es tentadora pero hay riesgos de que se convierta en la excusa perfecta para aislarse del mundo: dejar de salir con amigos, no conectarse con la naturaleza y volverse sedentario. Todo esto puede tener un efecto nocivo para la salud.
“El hogar constituye a partir de su posibilidad de cobijo y resguardo, un verdadero refugio. Pero además, la privacidad y aislamiento del mundo exterior brindan a la persona ocasiones de encuentro consigo misma y mayor contacto con las personas más significativas de la vida”, asegura a El País Alejandro Corbalán, director de la Asociación Argentina de Counselors.
Nadie te dice que no te quedes en casa, pero todo hay que hacerlo en la medida justa.

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