Lo que me costó llamarme Laura

Laura Pilleri, es travesti, escritora y estudiante de letras. Desde la cárcel, donde cumple su condena desde hace 16 años, pidió el cambio de documento. Una historia sobre la libertad, y la identidad.

 

Laura Pilleri supo desde niña que lo suyo era el escenario, el guiño intermitente de las luces y las lentejuelas. Todavía no sabía que quería llamarse Laura, pero tampoco se sentía a gusto con ese nombre masculino que don Eduardo y doña Marta habían elegido para ella.

–Tengo 50 años. Hace 37 que me llamo Laura–.

Aunque sus padres se esforzaban por “curarla”, ella se ponía pinturita en los ojos y se peinaba el pelo largo, colorado, para ir a la secundaria. Después Laura cumplió algunos sueños: conoció los escenarios, actuó, viajó. Conoció boliches, bares, hoteles. Conoció la noche. Y llegaron las pesadillas, las drogas, la marginalidad: el delito.

Hace 16 años que Laura está presa. Casi la mitad del tiempo que lleva viviendo con el nombre que eligió.

–Vos venís a verme porque voy usar la Ley 26.743 ¿no? Es una vieja deuda, quiero llevar mi identidad en mi documento. Los guardiacárceles van a tener que llamarme por mi nombre: Laura.

La Ley de Identidad de Género comenzó a regir el 3 de junio. En dos meses, ya se entregaron algunos documentos y varias actas de nacimiento rectificadas. La de Laura Pilleri llegará en pocos días a ese edificio que –de afuera– se parece más a una escuela que a un cárcel: el Establecimiento Penitenciario con régimen de autodisciplina N° 9, conocido como ex Crom, en Córdoba capital. Será la primera interna en realizar el cambio de identidad.

Sobre nombres. Laura espera sentada en un banco de Ciudad Universitaria. La suya es una belleza meditabunda. Su saquito negro, sus anteojos imitación Carey, su manera airosa de llevarse el cigarrillo a la boca colorada, la distinguen del resto de las estudiantes. Laura fuma y lee. “Te esperaba –dice–. Ya tengo que entrar a clase”. Cursa el tercer año de Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Tres veces por semana sale de su piecita, en el pabellón de varones, para ir a estudiar.

–Las autoridades del penal dicen que voy a tener que cambiarme con las mujeres cuando tenga mi documento. Pero yo no quiero. Ahora tengo mi lugar, mi piecita, y no quiero perderla. El cambio sería muy fuerte.

En todas las cárceles por las que pasó se ha ganado su lugar a fuerza de resistir. “Si no me querés decir Laura, por lo menos llamame por mi apellido”, le dice, desafiante, a los guardias cuando la provocan nombrándola con esa marca bautismal, ese tatuaje paterno, que es su nombre masculino.

En Bouwer, en San Martín, y ahora en el Penal N° 9, los internos la bautizaron con un alias que empluma su identidad femenina: “La condesa”. Laura asume con simpatía el apodo.

El asunto de los nombres no es lo único que debió defender estando presa. En otro tiempo, el sistema penal tenía su propio coiffeur y su estilista: en la cárcel Laura tuvo que cambiar su largo pelo caoba por el rapado tumbero y usar la ropa gris del condenado. “En el penal de San Martín, si en la requisa te encontraban una bombacha o una pinturita, era motivo de castigo”.

Un día se cansó, encaró al director del penal y le dijo: “¡Basta! Yo vine acá a cumplir una condena, no cambiar de género”.

Pistolas y plumas. Hay otra denominación –un número– y es del prontuario: 5695, condenado a vivir en prisión hasta enero de 2016, por el delito de de robo calificado en grado de tentativa.

–¿Por qué estas presa?
–Ay… me desgarra acordarme –retuerce la boca en un remordimiento–. Yo estaba muy enganchada con la cocaína. Salía con un pibito. No me alcanzaba para comprar y fuimos a robar a una casa. Cuando me iba me agarraron los dueños y los herí… Tenía 30 años y tardó en caerme la ficha. No lo podía creer. Adentro lloré millones de veces.

Laura no había robado nunca con un arma. Solo a clientes descuidados. “Las travestis éramos algo nuevo, raro. Los tipos pagaban toda la plata para estar conmigo. Había tanto morbo contenido.”, dice.

Desde entonces, ella, que había logrado tornear su cuerpo a jeringazos de anticonceptivos, que tenía una figura deseada y armónica, que disfrutaba de la noche, de la calle, y de las luces de los boliches donde bailaba, comenzó a vivir el encierro.

–No fue fácil ser marica en los ‘70, travesti en los ‘80. Cuando era chiquita mi papá me llevaba el viejo hospital de Niños, me medían, me daban hormonas de caballo.

Un día dijo basta, se decretó libre, y escapó a Buenos Aires. Tenía 15 años. Estudió, trabajó, volvió. Tuvo el cuerpo que quiso.

–Ya nadie me miraba como un bicho raro, y comencé a bailar–.

Se contoneaba Laura bajo la luz tenue y espesa de los boliches, mientras se quitaba la ropa, al ritmo de “Money”, de Pink Floyd, o de “Has visto alguna vez la lluvia caer”, de Creedence. Bailando conoció el país, viajó a México, Chile, Uruguay y hasta tuvo un representante. Pero todo comenzó a declinar una noche, cuando a la salida del Sargento Cabral, unos policías le reventaron a patadas una silicona, y le lastimaron la cara. “Me deprimí mucho. Era mi cuerpo, y me había costado tenerlo. Ya no podía trabajar”, recuerda.

–¿Que vas a hacer cuando salgas?–
–¿Cuando recupere mi libertad física? Nada que me traiga de nuevo a la cárcel.

Su mirada perdida ve pasar muchedumbres, autos, espejismos.

……………….

La oreja que nos falta

De su bolso colorido, Laura saca unas cartulinas amarillas con letras impresas. Son sus cuentos. Escribe con una prosa a cara lavada, sin maquillaje, cruda. Uno, titulado Cáscara de Naranja, dice: “Luego, al supervisarla bajo la luz más cercana, pude ver que lo que tenía en la mano no era una cáscara de naranja, sino un extraño objeto que se parecía extraordinariamente a una oreja. Con naturalidad pensé que todo era producto de un vulgar descuido porque, con total seguridad, esa oreja se le había caído a Dios”. También está terminando una novela.

Escribe en una piecita del EP N° 9, donde van los presos con buena conducta a cumplir el fin de su condena. Nadie entra a ese cuarto con puerta de metal, roja y maciza, como si quisiera esconder algo valioso, donde vive con su gata Rumba. En la cárcel hay 87 internos, ella es la única travesti.

En 2001, cuando estaba detenida en el penal de San Martín, Laura se vinculó a un grupo de universitarios que organizaban actividades y talleres. Con el tiempo eso se transformó en el taller “Arte Bárbaro: saber, hacer, pensar”, que depende de la Secretaría de Extensión de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Laura es co-cordinadora. La actividad es abierta y se dicta en el Pabellón Gris en Ciudad Universitaria.

En todo este tiempo ha hecho méritos para que –según la Ley 26.695 de educación en cárceles– se le reduzca la pena. “Pero de eso –dice– ni se habla en la Justicia”. Por ahora fue por otro derecho, más antiguo y personal, el del reconocimiento a su identidad de género.

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